Estado Flamenco. Quim Noguero sobre «Doce»

Posted by on Oct 5, 2019 in Blog, Text | No Comments
Estado Flamenco. Quim Noguero sobre «Doce»

‘Estado flamenco’, per Quim Noguero

 

 

Castellano:

 

“¿El baile flamenco es un espectáculo? Desde luego, sí. Pero un espectáculo muy relativo. El baile flamenco es la satisfacción de una necesidad fisiológica. Es la expansión, mediante unos movimientos elementales, de la energía motriz sobrante.”

Sebastià Gasch: De la danza” (Ed. Barna, 1946)

Para Juan Carlos Lérida, el flamenco es la vida bailable, una porción de realidad con los latidos y el compás de cada día, a ratos incluso parada, expectante, porque “la energía motriz sobrando” también puede ser mental, un estado del alma. El flamenco son trozos de vida que se pueden bailar (articular) al compás, a pesar de que para Léridael compás no sea lo más importante, puesto que el flamenco es mucho más que una técnica o un sonido –una cuestión de oído–, sino sobre todo una mirada sobre el ritmo real de las cosas, sobre la palpitación cotidiana y el ritmo reverberante de los cuerpos. No es extraño, pues, que una de las primeras creaciones del coreógrafo de adopción barcelonesa se titulara Corrazón, así con la vibración potente de la doble rr, porque el suyo es un coro rearmado que sí entiende las razones del alma, un coro leal que razona cuando sabe que conversa con el cuerpo dejado en plena libertad. Para hacer y deshacer. Para no hacer, incluso. Para callar, si hace falta. Para ser, sobre todo. Precisamente así: con precisión.

A lo largo de los años, Lérida ha vivido varias épocas de pleno flamenco. Nacido en Alemania el 1971, empieza a bailar a los tres años, ya a Sevilla, como otros gatean y dan los primeros pasos. Y desde que el 1996 llega a Barcelona, conoce a Mercedes Boronat, se forma en danza contemporánea e improvisación, y entra en contacto con otros estilos y lenguajes, su curiosidad y espíritu de investigación lo han hecho sobre todo inquieto, permanentemente insatisfecho en una investigación constante de coordenadas. Ha trabajado con El Niño de Elche yJoaquín Cortés, con Belen Maya, Olga Pericet y Increpación Danza. Ha estrenado al Festival Flamenco de Jérez y a la Bienal de Sevilla, igual que al Mercat de les Flors, a Dusseldorf y a tantos y tantos otros lugares del mundo. No se limita. Busca y encuentra, antiguo trovador de pies, moderno bailaor con jefe, que igual que en Foix lo enamora el viejo, lo exalta el nuez y se le aparece la poesía en medio de la calle: “Descargáis estos sacos de cemento / y entradlos por la puerta del delante”, dos decasílabos entre paletas de una obra, así como quien no quiere, cuando el poeta es paleta, como en los versos elementales de Brossa.

Pues esto mismo, pero en flamenco. Porque el flamenco empírico de Lérida es el de la realidad desnudada, el auténtico y verdaderamente esencial. Es el que él identifica incluso en un bailarín no flamenco o el que voz latir en la sabiduría esencial y madura de La Chana –para posar un ejemplo relevante de sus identificaciones y reconocimientos–, y no es el de ningún virtuosismo de pies o geometría floral de brazos o sabiduría escénica de jefe. Ningún exceso le suma nada. Su flamenco es un latido sabio, surgido de los replecs de los años y de la vida. Por eso su interés por la figura del maestro en el cuadro de Leonardo da Vinci de la Santa Cena, punto de partida de esta pieza de ahora. Por eso su instalación en el ritual, en la liturgia de una partitura compartida. Doce es esto. Son los doce apóstoles de la cultura heredada y son las doce horas del día. Son doce intérpretes y, pues, son doce horas divididas en seis cuadros (desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche), de los cuales ahora compartiremos una estación, un estadio, el estado en que se encuentra el proceso todavía en marcha de la obra. Doce se tan solo un momento (el quinto cuadro) de la pieza al completo de La liturgia de las horas, la creación profana en qué Lerida sigue la figura de Cristo fabreianament (olímpicamente) desde la escena de la Santa Cena hasta las de la muerte a la cruz y la resurrección final.

Hasta aquí, de la Liturgia completa, Lérida en puerta ya hechas la escena de la cena (el primer cuadro), la escena de la conversación, que es la hora de la reflexión (segundo cuadro) y la escena de los artesanos y el trabajo manual (el tercer cuadro, que el coreógrafo flamenco instala en un taller mecánico de coches). Hoy, al Mercat nos presenta el quinto cuadro, que es el de la hora del via crucis y la crucifixión. Y le faltarán dos: el cuarto, la hora del sacrificio, que situará en un gimnasio; y lo sexto, que es el de resurrección. La idea es presentar la obra completa al Mercat más adelante, con las doce horas finales (dos por parte), y poder así regalarnos el que tiene un punto de transmisión experiencial. Resulta curioso que cuando Lérida nació en Alemania, hijo de inmigrantes, sus padres tuvieran colgado en una de las paredes de casa un tapiz con la escena de la Santa Cena de Leonardo, un cuadro que después, para él, sin saber por qué, ha estado siempre muy importante, símbolo de equilibrio, de perfección, de dramaturgia viva, pero también de relación entre un maestro y sus discípulos, él que siente que enseñar forma parte del proceso creativo de aprender, de la relación de crecimiento e intercambio que tiene lugar al escenario y a la vida. El cuadro ha sido un impulso. El resto se silencio? Cuando menos, empíricamente, es el empujón callado de la experiencia.

Son treinta años sobre el escenario. Y justo es decir que estas tres décadas de baile ante los otros han dado mucho de sí. En la trayectoria del coreógrafo flamenco podríamos distinguir tres épocas bastante claras. En un primer momento, acabado de llegar a Barcelona un poco para alejarse de la escena más purista de Sevilla (ya era comprometido con la voluntad de cambio y de vanguardia), en la etapa de Corrazón (2002) su tono era lírico, con conexiones e hilos narrativos de autoexploració introspectiva, buscando caminos, limpiando la voz, los registros. Después, pasado 2005-2006, la segunda etapa es más plástica (el trabajo de diálogo entre artesanía y tecnología al arte de la guerra, por ejemplo), pero también de concentración en las herramientas propias, en la esencia del arte flamenco, en el ejercicio de depuración y de investigación de la trilogía que constituyen Al baile, Al canto y Al toco. Y, por último, yo diría que en estos momentos Lérida emprende con ganas una etapa de despojamiento personal y de transmisión en compañía, de depuración extrema a veces incluso por la vía de un flamenco sin flamenco y la humildad de muchos ratos compartidos de trabajo con los otros. Es así que está teniendo lugar el desarrollo colectivo de este proceso en marcha de La liturgia de las horas.

Como punto de vertebración común de cualquier de estas tres etapas, ha habido siempre el interés por el instrumento y, pues, por la artesanía, el oficio, la mestria. Ya estaba en aquellos primeros ejercicios de introspección más personales del tipo de Corrazón, pero un ejemplo claro de mediados de la primera década del siglo XXI lo constituye sobre todo la pieza Lo arte de la guerra, una creación surgida de la lectura del famoso tratado de Sun Tzu. El libro del chino fue un buen punto de partida: le sirvió en bandeja el pretexto para preguntarse sobre las estrategias, las formas de composición y de dramaturgia de su propio arte. Al reflexionar Sun Tzu sobre como disponer los cuerpos de un ejército en medio de la batalla, su tratado habla de espacios, de la relación con los otros y las posicionas mutuas, del ritmo y la fuerza, de la plenitud y el vacío, de la lejanía y la proximidad, de los recorridos posibles o del equilibrio entre contrarios. Y lo plantea siempre con sencillez, de una manera que presenta evidentes analogías con “el arte de la escena” (escena y guerra incluso riman asonante). Es la busca de orden en medio del caos. Y en aquella pieza de entonces, incluso por medio de una pantalla, a pesar de que la tecnología más bien sirviera al bailarín como mero contrapunto. Él siempre ha buscado y ha encontrado la emoción en las tres dimensiones, las que comparten la vida y la escena, el mundo real y la realidad del escenario. Y en el latido de los tiempos convulsos de esta realidad dual, la improvisación es un recurso más: a la hora de trabajar para crear, evidentemente; pero, en alguna proporción, enmarcada, también lo es en la obra acabada, para dotar de flexibilidad y vitalidad el cuerpo que madura en escena.

Como comisario del ciclo Flamenco Empírico en Mercat de les Flors, como director para otros (Olga Pericet, Karime Amaya, Pol Jiménez), como maestro al Conservatorio Superior de Danza, Juan Carlos Lérida ha establecido una relación dialéctica constante entre la vida y el escenario, dos formas de aprendizaje abierto, de intercambio entre creadores. La figura del maestro le interesa. Y es muy presente en este Doce que ahora nos invita a compartir con él. Un golpe más, las horas de la vida normal se destilan convertidas en liturgia dramática. Con intención social y política, la voz del flamenco acontece herramienta crítica.

Joaquim Noguero

Juan Carlos Lérida presenta ‘Doce’ al Mercat de les flors, del 27 al 29 de septiembre