«LA HORA DE LA DESPEDIDA»

«THE HOUR OF THE FAREWELL»

(Cuerpo Solitario/Solitary Body)

6º Cuadro/ 6º Table

 

 

Transubstanciación (el cuerpo en línea)

Una película de danza a partir de la pasión de Cristo

Texto : Bárbara Raubert.

El argumento de la película que firman Juan Carlos Lérida (JCL a partir de ahora) con Andrés Pino va mucho más allá de las acciones que se llevan a cabo; es la última parte de un ambicioso proyecto de investigación para encontrar el flamenco en la cotidianidad y que llevó al coreógrafo a transitar varios oficios hasta desembocar en el ritual y, de allí, a la sacralidad, a lo inmaterial y, finalmente, en la red. Sería como el movimiento de correr hasta perder el equilibrio y tropezar, de forma que los pasos acabaran en una bulería arañada, para así, recuperar la verticalidad en un nuevo espacio-tiempo. De este modo JCL pasa a través de Feníxia, el arco de triunfo galáctico de Silvia Gubern en el passeig de les cascades.

 

Si bien JCL practica el flamenco empírico, es decir, el flamenco de la experiencia, la evidencia y la percepción sensorial, en esta obra no hay más certeza que la multiplicidad de visiones, y todas las marcas e hitos —como señalizaciones, hierros del alcantarillado y canales de agua— no son más que accesorios para alargar las líneas del propio cuerpo y dialogar con ritmos de diferentes sonoridades, pero no son el camino; la investigación es en otra dimensión (donde se encuentra el argumento).

 

Hablando de ritmos: aprendemos que puertas y órganos vitales comparten un doble movimiento —de expansión y contracción—, aunque la respiración de una puerta no siga la necesaria precisión de corazón y pulmones. La constancia de unos y la libertad de la otra  se funden en un flamenco enriquecido por velocidades y timbres que se escuchan, se llenan y se vacían entre sí. Avanzamos, con el bailaor, entre fuerzas de atracción y repulsión. Entre el cielo y la tierra. De hecho, durante un tramo de su particular peregrinación, JCL carga una puerta de madera, vieja, entrada directa al paraíso. O al infierno, que parece  tocar (¿y si el infierno fuera la sombra proyectada por el mismo sol que reina en el paraíso?). Dualidad, también en el aspecto de JCL (¿y si no interpretara un personaje?). Cara de explorador insobornable, se adentra en el bosque sombrío del cruising de Montjuic, para toparse con espectros hambrientos, como él; pero no es en el fulgor de la carne donde encuentra su alimento, sino en el agujero oscuro y en la estrechez rugosa (¿y si llevara la luz para sus adentros? ¿Y si sus ojos fueran agujeros negros  que chupan la materia?).

 

La mirada a cámara es desafiando, seria. Lanza una mirada que es un braceo: primero con el rabillo del ojo, ahora arriba, ahora cae abajo en un arco y de golpe se clava ante la cámara. Sentimos el pellizco de sus pupilas atravesando la pantalla hasta que retrocede y se transforma en visión interior, concentración inescrutable. De la expresión báquica a la mirada vacuna, llega un parpadeo que responde a un resplandor y perdemos el foco. Como cuando niega con toda la cabeza y la carne de mejillas y frente se descompone la figura se deshace y se hace luz; luz que le sale de dentro (¡sí, era adentro!). Todo el cuerpo, luz.

 

En otra escena, la cabeza se atrasa respecto al cuerpo que lo aguanta y se aferra a aquello que ahora es detrás y pronto será pasado. Nos preguntamos la razón de esta prórroga imposible —el cuerpo cabalga la cabeza— y aparece el misterio como una cúpula de cristal finísima que todo lo rodea. Vuelve a correr hasta perder el equilibrio y, tropezando, los pasos acaban convirtiéndose en una bulería arañada para recuperar el eje vertical y cruzar un nuevo espacio-tiempo. La Aguja de Tom Carr en el jardín de esculturas pincha el cielo y aguanta la cúpula.

 

Debajo, otra cúpula, la que pintó Miquel Barceló en el Mercat de les Flors con una espiral centrífuga, empieza a girar; todavía más adentro, la cúpula pesada, oscura y húmeda de la Foixarda, sostiene unos escaladores con cuerdas que cuelgan y giran como ángeles de la enunciación; y en la torre de guardia del castillo de Montjuic,  como una mortaja, la soledad es de piedra pero tiene buena resonancia. Un tipo de brujería angelical da coherencia al paso de una escena a la otra y en el interior de cada una, como si Tarkovsky hubiera estudiado los videoclips de Kylie Minogue. Aproximándose y alejándose, en un balanceo amplio y seguro, la cámara baila y la imagen se multiplica en falsos calidoscopios de acciones divergentes unidas por un vértice, imágenes picadas y contrapicadas comparten un mismo instante y nos desvelan la capacidad aérea de la coreografía de JCL. Vemos como  el alma abandona su cuerpo en la forma de una chaqueta voladora pero vuelve para fundirse en una danza de transubstanciación. Como cuando nos empujan hasta perder el equilibrio y, tropezando, los pasos se convierten en una bulería arañada para recuperar el eje vertical. En definitiva, una caída rescatada por imágenes encantadas que nos conducen, juntos, en un nuevo espacio-tiempo.